Horizontum - Finanzas y Cultura
Una obra llamada Covid Una obra llamada Covid
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Fue como sacado de una película de terror, pero esta vez el argumento no pasó por la pantalla ni por el escenario, nos llegó... Una obra llamada Covid

Fue como sacado de una película de terror, pero esta vez el argumento no pasó por la pantalla ni por el escenario, nos llegó de golpe a la realidad y a nuestras vidas. Las víctimas no fueron interpretadas por actores ni actrices, la historia fue protagonizada por nuestros amigos, nuestra familia, por nosotros mismos, una historia de dolor, miedo y muerte. El título pudo tener muchos nombres, pero hoy todos lo conocemos como COVID-19, y de una manera u otra somos los protagonistas de esta historia, empezando por los que perdieron la vida, por sus familias que hoy están incompletas, por los antagonistas, que pudiendo hacer mucho, al final nada hicieron, más que llevar muerte y dolor a miles de hogares, sin la certeza de que al final de la película, los malos pagarán por sus errores. Sin embargo, por otro lado, están también los héroes: los médicos, las enfermeras, los camilleros, los científicos, los altruistas y todo aquel que en tantas escenas emotivas le han tendido su mano a quien lo necesitó en el peor momento de su vida.

El mundo ya nunca podrá volver a ser el mismo, especialmente el del espectáculo. Solemos pensar que los actores, actrices, directores y productores son personas ricas, con grandes mansiones y rodeados de un mundo fascinante, pero la realidad no siempre es así; la mayoría, como cualquiera de nosotros, necesita de un trabajo estable para vivir, independientemente del nivel de vida de cada uno. Al final, las necesidades son las mismas, y para la gente de este medio lograr esos ingresos nunca ha sido fácil, como segura[1]mente tampoco lo es para otras profesiones. Pero la gente que se dedica al arte y la cultura es gente especial; son personas que aman lo que hacen y están acostumbradas a luchar, con pandemia y sin ella. Un colega decía: “la gente del espectáculo está al final de la cadena alimenticia”, y tenía razón, porque están muy lejos de ser una priori[1]dad. No sólo eso, en un país donde la cultura tampoco lo es y nunca lo ha sido, esto se convierte en una terrible realidad para todos ellos.

En el mundo de la cultura, la crisis laboral tiene raíces mucho más pro[1]fundas, y la pandemia del COVID-19 es sólo la punta del iceberg. Todo esto tiene un porqué y por supuesto también tiene culpables, los cuales, hoy por hoy serían muy difíciles de señalar, porque se trata de una situación histórica compleja, llena de errores y omisiones. Así ha sido siempre en nuestro país, considerando desde el inicio de su vida independiente, la cultura ha estado limitada sólo para unos cuantos privilegiados. Para entender mejor bastaría considerar que en 1821, cuando se fundó la Secretaría de la Educación Pública, el analfabetismo en la población era de más del 70%, por lo que queda claro que, empezando por la literatura, la cultura era el peor negocio que alguien podía iniciar. Además, esta situación permeaba a otras manifestaciones artísticas, llámese pintura, teatro o música. Para imaginar la diferencia tan abismal con otras culturas, debemos tomar en cuenta que en 1808, cuando Hidalgo ni siquiera imaginaba en dar el Grito de Independencia, Beethoven ya había compuesto su Quinta Sinfonía. Por ello, tratar de comprender y explicar por qué desde esos días hasta la actualidad la cultura no es una prioridad en México es sumamente complejo.

Tomemos como ejemplo, el desordenado crecimiento urbano en la Ciudad de México y en la mayoría de las ciudades del país, cuando hoy vemos una colonia sin servicios básicos como luz, agua, drenaje o calles que son un verdadero laberinto. Podríamos pensar que la culpa es sólo del alcalde actual, pero no es así, también lo es de quien permitió el primer asentamiento irregular, de quien permitió el robo de luz, etc. Por lo tanto, la culpa es de todos, es Fuente Ovejuna, señor. Lo mismo sucede en el mundo del arte: salvo contadas excepciones, la culpa inicia con cada presidente, con cada secretario de cultura, con cada diputado. Por eso el que hoy veamos a un gobierno al que no le interesa la cultura o la ciencia no es casualidad, es causalidad y, por lo tanto, su omisión no lo con[1]vierte en responsable único, lo convierte en cómplice, porque al final es sólo un reflejo de todo lo anterior.

Hace algunos años se le preguntó a un presidente cuál era su libro favorito, y quedó en evidencia que la lectura no era uno de sus hábitos, por decir lo menos. Si preguntáramos cuál fue el último concierto de música clásica al que asistió o cuáles son sus obras de teatro favoritas, seguramente hoy el resultado no se[1]ría muy distinto, y es que no es posible promover la cultura cuando no crees en ella, cuando no la entiendes, cuando no la disfrutas. Porque la cultura se aprende, se cultiva, no se adquiere por gene[1]ración espontánea. Ahí es donde radica la responsabilidad de un gobierno, en difundir, financiar y promover el arte.

Las personas aprenden a disfrutar lo que en algún momento pueden ver, escuchar y sentir. Así, un niño en Irlanda seguramente disfrutará de un espectáculo como Riverdance, un niño en Salzburgo aprenderá a disfrutar de Mozart a la misma edad que éste compuso su primera sinfonía, otro niño en Ámsterdam lo hará de Van Gogh o Rubens. Por el contrario, si nuestro niño imaginario naciera en un lugar donde ni su familia, ni sus amigos, ni sus maestros y ni si[1]quiera su gobierno gusta, aprecia, promueve y disfruta la lectura, la música clásica, el teatro, la danza o la pintura –por mencionar algunas expresiones artísticas– ¿cómo podría aprender a conocerlas y a disfrutarlas ya como adulto? ¿por qué habría de llevar a su familia a escuchar un concierto de la filarmónica, a una obra de teatro o a una exposición de pintura?

Diversos productores teatrales han solicitado a la jefa de gobierno que a más tardar en abril les permita la reapertura con un aforo del 40%.

Eso es precisamente lo que sucede hoy en día en nuestro país: al igual que en 1821, sólo una minoría son los que gustan, disfrutan y consumen arte, sin que los responsables de promover la cultura muevan un dedo para cambiar las cosas, como si no fuera su responsabilidad. Por eso, quienes se dedican al arte y la cultura realizan una labor verdaderamente heroica para llevarlo a cabo. Es claro que aún en una crisis, uno no puede dejar de comer o de vestirse, pero sí es posible dejar a un lado los antojos, el cine o el teatro. Por eso siempre ha sido tan difícil vivir de esta actividad, y en medio de esta pandemia la situación es aún peor, con una industria a punto de colapsar. Como referencia a lo que sucede en el ámbito del arte y la cultura podemos comparar lo que hoy viven otras áreas en la industria del espectáculo. Un claro ejemplo son las salas de cine, cuyas multimillonarias ganancias desaparecieron de la noche a la mañana. Tan sólo en México, durante 2019 los ingresos por taquilla sumaron 19 mil 50 millones de pesos, y hoy con las salas cerradas en todo el territorio nacional, se encuentran a punto de la quiebra. Si eso sucede con una industria a todas luces más lucrativa y comercial, es posible imaginar el panorama que enfrentan los centros de cultura, donde el teatro, las exposiciones y los conciertos ya hoy son cosa del pasado, lo que está llevando a su cierre definitivo, a su extinción.

Entre los más afectados está por su[1]puesto el teatro, y aunque no podemos negar que a lo largo de su historia existieron momentos de bonanza, donde era frecuente que una obra diera funciones de martes a domingo y funciones dobles o triples los fines de semana, la realidad es que desde hace muchos años ese auge desapareció. Hasta antes de la pandemia, sólo las grandes empresas —como OCESA— eran capaces de llenar sus teatros, a pesar de los altos costos que los espectadores tenían que pagar por los boletos. Ese nivel de ingresos les permitía presentar las obras más importantes y absorber los costos que éstas implicaban, como los derechos de autor, nómina de toda la compañía, publicidad, etc. De la noche a la mañana la pandemia terminó con ese mundo, pero si eso ha sucedido con las grandes empresas, las más comerciales, las más poderosas, todas las restantes que vivían en los niveles inferiores de la pirámide, la situación es peor aún.

Para los productores de teatro que no cuentan con grandes infraestructuras ni capitales millonarios, siempre ha sido complicado llevar con éxito sus proyectos. Como para cualquier negocio, se necesita talento, relaciones públicas y dinero, mucho dinero. En este nivel hay algunos más afortunados que otros, la mayoría tiene al menos alguno de estos requisitos y aun así, generalmente no es suficiente para lograr sus metas. Para empezar, prácticamente ninguno cuenta con un teatro propio, lo que consume una gran parte de su presupuesto. El costo de una renta puede ir de los 4 mil a más de 100 mil por función, dependiendo del teatro, de su ubicación y, sobre todo, del nombre. Éstos son los teatros que ya cuentan con un público cautivo independientemente de la obra que se presente, lo que en el argot teatral se conoce como “un teatro clientito”. Esto tiene un costo, por supuesto, y sus dueños lo saben muy bien y lo explotan. Pero la renta es sólo una parte, la nómina de actores, técnicos y administrativos consume todo lo demás, así que no es difícil entender que si analizamos los gastos contra la cantidad de público que asiste a las funciones, el resultado casi siempre será catastrófico. Si a lo anterior sumamos la pandemia, entenderemos porqué la mayoría de las compañías han desaparecido o están a punto de hacerlo.

Un caso aparte son todas las compañías de teatro que producen obras en un ámbito más cultural, para ellas la situación es ya insostenible. Sin considerar a las compañías de teatro que forman parte de la estructura gubernamental —como el INBA— las demás prácticamente están desapareciendo. Cualquiera que haya producido obras de carácter más cultural, conocerá sobre las dificultades de hacerlo, de llevar público a las salas y afrontar los gastos. Es por eso que muchas de ellas sobre[1]viven mediante cooperativas, donde los actores y directores también hacen de técnicos y de promotores. Todos invierten y todos arriesgan, y si tienen suerte cobran, o de lo contrario se endeudan

Hoy la pandemia les cerró la taquilla, ya no hay dinero para producir ni tampoco para comer.

Pero no sólo los productores se han visto afectados, detrás de ellos hay una larga lista compuesta por actores, técnicos, tramoyistas, escritores, músicos, vestuaristas, compositores, bailarinas, afanadoras, taquilleros y muchos rubros más. Al principio de la pandemia, cuando le transmití mi inquietud por su situación económica, una amiga actriz me dijo que no me preocupara, que todos ellos estaban acostumbrados a ahorrar, debido a que nunca sabían cuándo llegaría el siguiente proyecto de teatro, cine o televisión, que ella podía aguantar hasta tres meses más sin problema. Pero… ¡eso sucedió hace un año!, y me pregunto, ¿cómo ha podido resistir todo este tiempo?, estoy seguro que ni ella lo sabe, seguramente con muchos sacrificios, al igual que toda la gente del medio.

Para entender la situación de cada integrante de la compañía tendríamos primero que tomar en cuenta que cada uno de ellos es un especialista en su profesión. Por ejemplo, un músico, que ha pasado gran parte de su vida perfeccionan[1]do un instrumento, difícilmente podrá cambiar de profesión, por más que todas sus fuentes de trabajo estén cerradas, ¿qué tendría que hacer un trompetista en una oficina o en una fábrica? Algunos otros podrán diversificar su trabajo: el escenógrafo o tramoyista —que hacía los escenarios que admirábamos en cada obra— por sus conocimientos en car[1]pintería y/o herrería hoy puede hacer trabajos en casas u oficinas, al igual que los vestuaristas y utileros que hoy podrían hacer ropa o mascarillas contra el COVID-19 para vender, ¿pero una actriz?, ¿una bailarina?, ¿la señora de la taquilla? Para todos ellos, por ahora sus profesiones y sus sueños tendrán que ser guarda[1]das en el cajón.

Pero… ¿y cuál será el final de la película? Nadie lo sabe, todos quisiéramos que esta serie no tuviera más capítulos ni temporadas. Muchos pensamos que al menos pasará un año más para que la gente regrese a los escenarios. Mientras tanto, la única certeza que tengo es que la gente del medio artístico encontrará nuevas formas, nuevas fórmulas y nuevos medios para subsistir, porque es gente valiente y creativa que nunca se rinde. Esta gente ama su profesión y no puede dejar morir el arte, porque es éste lo que los hace distintos como seres humanos, porque disfrutan haciendo reír, llorar, emocionarse y conmoverse, ¡así es el arte! Tal vez el futuro nos lleve a escenarios distintos, donde la normalidad sea ver una obra de teatro a través de una pantalla, y eso no importará si logramos mantener vivo el arte, bus[1]cando juntos que el final de esta historia siempre termine en un final feliz.

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Redacción Horizontum

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