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Entre notas de música y silencio de Covid-19 Entre notas de música y silencio de Covid-19
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En medio de una crisis para la profesión de la música, llegó la Covid-19 y con ella un nocaut definitivo. Los músicos fueron de... Entre notas de música y silencio de Covid-19

En medio de una crisis para la profesión de la música, llegó la Covid-19 y con ella un nocaut definitivo. Los músicos fueron de los primeros en sentir el efecto de la pandemia, pues de inmediato se empezaron a posponer los pocos eventos que aún conservaban en sus agendas.

Rafael se levantó temprano, él hubiera querido descansar un poco más, ya que el fin de semana tuvo una larga gira y varios conciertos, pero ese día tenía una grabación; ya tendría tiempo de reponerse la próxima semana. Esa era la rutina normal para algunos músicos, o al menos la de los más solicitados por su talento, profesionalismo y, sobre todo, por sus relaciones públicas. Para algunos otros, su calendario de trabajo estaba menos saturado, pero aún así era suficiente para cubrir sus necesidades básicas y algo más.

La profesión de músico nunca ha sido fácil, cada día la tecnología y la pérdida del poder adquisitivo lo hace más complicado. La música en vivo pierde espacios y el trabajo es cada vez más escaso, pero aún así los músicos casi siempre lograban salir adelante. Jamás pasó por la cabeza de ninguno de ellos cambiar de profesión o dedicarse a otra actividad, aunque fuera más productiva, y es que para ellos el ser músico era como un sueño hecho realidad: hacer lo que más les gustaba y además cobrar por ello. Y así fue, hasta que un día todo cambió y ese sueño se convirtió en pesadilla. El tema de la canción cambió radicalmente y las armonías mayores se convirtieron en menores. Un ser tan pequeño como mortífero arrasó con todo a su paso, y llevo muerte a todos lados. Empezó por los incrédulos, las primeras víctimas del virus, producto del criminal manejo de la pandemia por parte de las autoridades. Tampoco respetó profesiones –incluida la cultura–, y con ello se llevó a músicos y a compositores, algunos más conocidos que otros, pero sus pérdidas fueron igualmente dolorosas. Quienes no mu[1]rieron, enfermaron, y quienes lograron evitar el contagio, han sufrido la pérdida de familiares y amigos.

Entre notas de música y silencio de Covid-19

Como en cualquier profesión, por supuesto que algunos músicos han resultado más afectados que otros, y difícilmente alguien ha escapado a esta crisis provocada por la pandemia. Para comprenderlo mejor, tendríamos que empezar por saber que existen distintos gremios de músicos y, dependiendo del género que interpretan –desde música clásica hasta popular–, cada uno de ellos tiene sus propios caminos, metas, y problemas. Sin embargo, definitivamente comparten la misma vocación, las mismas doce notas, los mismos silencios y los mismos tiempos, ese don que les permite tomar prestados los sonidos que rescatan de sus instrumentos para producir música. Podrán cambiar los ritmos, los instrumentos, las armonías, pero al final todos producen el mismo efecto: venden sonidos, intangibles sólo percibidos por el oído cuando ejecutan sus instrumentos. Por eso, para el músico que no es empresario o que no tiene una actividad paralela, la pandemia le cambió la vida; hoy sólo cuenta con su talento y su instrumento, que hasta el momento, a causa de la Covid-19, sigue guardado en su estuche.

Los sinfónicos

Sin pretender minimizar sus circunstancias, dificultades y pérdidas, se puede uno percatar que uno de los sectores que mejor han podido librar esta crisis son los músicos sinfónicos o filarmónicos. Hoy por hoy, el formar parte de una orquesta ha representado para ellos una especie de seguro de desempleo. Para su buena fortuna, su salario continúa llegando a sus bolsillos, pese a que la orquesta se encuentra inactiva. Esto es gracias a que las sinfónicas generalmente son financiadas por fondos gubernamentales, por universidades o por centros culturales, y en su gran mayoría no han tenido que sufrir recortes o su desaparición, como otras áreas de la cultura. Para ventura de estos músicos, el costo que implica la formación y mantenimiento de una orquesta es muy alto, y difícilmente un particular podría, por sus propios medios, mantener una inversión de ese tamaño. El número de músicos de una orquesta depende de la obra que se interprete y del espacio donde tendrá lugar la presentación, pero, por lo general, ésta se compone de al menos 80 elementos.

Entre notas de música y silencio de Covid-19

Los sueldos de los músicos son distintos, dependiendo de la categoría que ocupan en la orquesta y no del instrumento que tocan, y ésta no depende de que su desempeño sea mejor o peor, sino del nivel de responsabilidad que tiene dentro de la orquesta. Por ejemplo, en el caso del director, éste puede tener un salario de por lo menos tres veces el de cualquier músico, o el del concertino, el músico/violinista a través de quien el director se comunica con toda la orquesta, puede ser superior al doble del de sus compañeros.

Generalmente, los músicos de una sinfónica –o al menos las más importantes–, a diferencia de otro tipo de orquesta, no reciben un pago por evento, concierto o temporada, sino un ingreso mensual, y aunque éste puede variar de una orquesta a otra, generalmente es de alrededor de 20 mil pesos. Caso aparte son los solistas y directores huéspedes ⎼muchas veces provenientes del extranjero⎼, cuyos salarios pue[1]den sobrepasar el millón de pesos, de[1]pendiendo de su renombre y prestigio, lo cual, por supuesto, no es del total agrado del resto de la orquesta.

¿Pero qué sucede con aquéllos que no forman parte de una orquesta sinfónica? Para ellos la situación es muy diferente, especialmente para aquéllos cuyos instrumentos son demasiado sofisticados, ¿porque qué puede hacer un fagot o un oboe fuera de una orquesta para ganarse la vida?, pues seguramente nada o muy poco; para todos ellos la pandemia terminó con todas sus posibilidades de obtener un ingreso. Para aquellos músicos que no tuvieron la suerte de pertenecer a una orquesta formal como la OFUNAM, la Orquesta Sinfónica Nacional o la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de México, la pandemia los llevó a compartir la misma pesadilla que hoy padece todo el sector cultural de México y los músicos en general. Al menos antes de la Covid-19 era posible conseguir alguna suplencia en alguna de estas orquestas, y lograr un ingreso extra por evento o, en el mejor de los casos, encontrar trabajo en otras sinfónicas de menor re[1]nombre en la Ciudad de México o en el interior del país, aunque fuera de manera eventual.

Entre notas de música y silencio de Covid-19

Otra posibilidad era encontrar trabajo en otro tipo de orquestas, como las orquestas de cámara, cuyo tamaño es menor y por consiguiente cuenta con menos puestos de trabajo. Pero fuera de las grandes orquestas, para algunos otros existía una importante fuente ingresos que eran los eventos privados, los cuales en su momento eran fuertemente competidos. De esta forma era frecuente encontrar ensambles de cuerdas o metales en bodas, graduaciones o convenciones, pero también estas fuentes de ingresos des[1]aparecieron de un día para el otro a causa de la Covid-19.

Hoy en día son pocas las posibilidades para que los filarmónicos puedan seguir viviendo de la música, las sinfonías y los conciertos, si acaso alguna clase particular o alguna grabación esporádica. Hoy, muchos de ellos han guardado las partituras para buscar un trabajo que al menos les permita sobrevivir, en espera de tiempos mejores. Los instrumentos han callado, actualmente si acaso sólo escuchamos la plática de conductor de taxi recordando cuando dio su último concierto.

Música Popular

Sin duda uno de los sectores más afectados por la pandemia es el de la música popular, que también es el más numeroso. Según las últimas encuestas del INEGI, en México había poco más de 10 mil músicos. Tan sólo los agrupados en el Sindicato Único de Trabajadores de la Música en la Ciudad de México, el más importante en este sector, cuenta con alrededor de 3 mil agremiados.

El 19 de septiembre de 2017, mientras muchos de ellos disfrutaban de un concierto en un foro de sus instalaciones, la tierra empezó a temblar, el miedo comenzó a apoderarse de los asistentes y algunas edificaciones contiguas se desplomaron. Para fortuna de los presentes, no se registraron pérdidas humanas, pese a que parte de sus instalaciones quedaron inservibles y terminaron derrumbadas. Muchos pensaron que lo peor ya había pasado, pero no fue así, la verdadera tragedia llegó tiempo después en forma de virus, y así, silencioso y mortal, arrebató las vidas que el terremoto había perdonado tiempo atrás.

Silencio de Covid-19

Se calcula que entre sus agremiados se han perdido al menos 30 vidas por Covid-19. Nadie permaneció ajeno a la tragedia, para quienes sobrevivieron al virus, éste les cobró otras facturas: a unos les dejó secuelas en el cuerpo y al resto en el bolsillo. La falta de pruebas Covid-19, de cubrebocas y las políticas erróneas del gobierno también pasaron factura. Los efectos de la pandemia se multiplicaron rápidamente sin control alguno, y entonces la vida cambió radicalmente. Con los contagios y muertes, pronto llegó el cierre de comercios y todo tipo de actividades, y con ello todas las fuentes de trabajo para los músicos.

Pero las cosas no siempre fueron así, en los años 70´s los mejores grupos musicales, y cualquiera que se preciara de serlo, trabajaban en los centros nocturnos o discotecas, hoy llamados antros. Y es que en ese entonces el trabajar en fiestas de cumpleaños o bodas no era precisamente un motivo de orgullo, así que eran estos lugares los más apreciados por los músicos. Ahí se presentaban los espectáculos más importantes de la época, como Los Hermanos Castro en el Señorial o Mocedades y Rafael en el Fiesta Palace. Otra fuente de trabajo eran los lugares para escuchar música o bailar, como Los Globos, el Jardín del Ángel o el Cero Cero del Camino Real. Estos eran espacios reservados para bandas de Rock como Bandido, Tequila, o grupos vocales como Tabasco en el Holiday Inn.

Años más tarde, sin embargo, sucedió lo impensable y, como todo en la vida, las cosas cambiaron y la vida nocturna con todo su esplendor comenzó a desaparecer. Hoy en día nadie puede precisar el motivo preciso de su extinción, pero la mayoría coincide en que la inseguridad que se empezó a vivir en la ciudad fue una de las principales razones. Por increíble que parezca, en esos tiempos era posible deambular a altas horas de la madrugada sin correr ningún riesgo. En lo que sí coincide la mayoría, es que el golpe de gracia lo dio el terremoto del 85, al sepultar, entre otras cosas, la vida nocturna de la ciudad. Algunos de los principales lugares de entretenimiento nocturno se perdieron con el sismo, como el Hotel del Prado o el Hilton, que nunca fueron reconstruidos.

Una vez pasado el susto y el duelo en las familias, la ciudad poco a poco fue volviendo a la normalidad, y con ello la demanda de grupos musicales. Pero ahora para trabajar en eventos privados, especialmente de la clase media y alta, lo que representó una nueva fuente de trabajo. Pronto la música para eventos se convirtió en la más solicitada y competida entre los grupos. Por varios años ésta fue la principal fuente de trabajo para muchos. Cuando un grupo de nivel medio cobraba entre 20 y 80 mil pesos por evento, los llamados grupos grandes podían cobrar hasta 200 mil. Fueron años de bonanza, que inclusive les permitió a muchos de ellos el acceso a préstamos para adquirir un departamento o una casa propia, ya fuera por cuenta propia o con el apoyo del sindicato mediante convenios con el INFONAVIT.

El desplome de los eventos comenzó varios años antes de la Pandemia

Pero los años felices no fueron eternos, al principio no todos lo notaron, pero la realidad es que el trabajo era cada vez más escaso. Para los grupos, que en un solo fin de semana podían tener cuatro o cinco eventos, de pronto estos mismos números solo se lograban en un mes. Nadie sabe con certeza las causas de esta disminución en el trabajo, pero segura[1]mente las continuas crisis económicas en el país tuvieron un papel determinante.

En especial, la crisis de 1994 ⎼causada principalmente por la sobrevaloración del peso y la repentina fuga de capitales del país por parte de los inversionistas⎼ trajo consigo una gran pérdida de empleos y, como consecuencia, una reducción aún mayor en el trabajo de los músicos. Aunado a esto, surgió el monopolio de eventos en manos de unos cuantos grupos, lo que agravó aún más la situación. La demanda disminuyó y la competencia se hizo cada vez más feroz, en la búsqueda por ganar los contratos. Los grupos empezaron a idear nuevas estrategias para ganar clientes, muchas de ellas resultaron ser un error y terminaron siendo contraproducentes, como la de ofrecer música continua sin descanso para los músicos, aún a costa de extenuantes jornadas para los cantantes y músicos. Después de este gran desatino, los grupos fueron bajando sus tarifas, en una guerra sin control que sólo benefició al consumidor: ahora trabajaban más y ganaban menos. Muchos grupos, en un intento por bajar aún más sus tarifas, disminuyeron el número de sus elementos, y dejaron sin trabajo a muchos músicos. A pesar de ello, esto tampoco funcionó, simplemente el desempleo aumentó. Los eventos eran cada vez menos y, en muchos casos, llegaron a tener sólo uno por mes, lo que en el mejor de los casos únicamente alcanzaba para las necesidades básicas para poder subsistir.

El golpe final lo dieron los llamados “disc jockey’s” o “DJ’s”, personas que mezclan y reproducen música grabada. En un principio llegaron a los eventos y se alternaban con los grupos y bandas de música, pero pronto se dieron cuenta que, al no tener que pagar músicos, tenían ante sí una mina de oro. Sus costos resultaron mucho más competitivos y, como una plaga, pronto se apropiaron del sector de eventos, lo que les permitió adquirir mejores equipos. La tecnología les permitió, entre otras cosas, reproducir prácticamente cualquier canción que les solicitaran y, para colmo, en su versión original. Hay que reconocer que además resultaron más creativos: ofrecían pantallas, bailarinas y regalos de recuerdo, entre otros atractivos. Todo esto ante la pasividad de la mayoría de los músicos. Los DJ’s les ganaron la batalla y, por supuesto, como sucede en cualquier economía, cuando se apoderaron del monopolio de los eventos, muchos de ellos se olvidaron de los costos bajos, y empezaron a cobrar cifras estratosféricas, que podían rondar hasta los 150 mil pesos por evento. Fue entonces que aquello de “la música viva siempre es mejor” quedó en el pasado.

Silencio de Covid-19

Y entonces llegó la Covid-19

En medio de esa crisis llegó la Covid-19 y con ella un nocaut definitivo. Los músicos fueron de los primeros en sentir el efecto de la pandemia, pues de inmediato se empezaron a posponer los pocos eventos que aún conservaban en sus agendas. El tiempo transcurrió y las condiciones no sólo no mejora[1]ron ⎼como todos sabemos⎼, sino por el contrario, los contagios y muertes aumentaron, muy por encima de los pronósticos del gobierno. Fueron días negros para toda la población, donde no había nada que celebrar, y lo poco que había, con la pandemia no era posible. Entonces, con impotencia y desesperación, los músicos vieron cómo los eventos contratados se empezaron a cancelar, ya no habría cumpleaños ni graduaciones, tampoco fiesta para la boda ⎼y para otros ya ni siquiera habría boda⎼, los planes cambiaron para todo el mundo.

De la noche a la mañana, las fuentes de trabajo se cerraron. Lo que en un principio parecía ser algo temporal, el tiempo demostró que no lo era. El trabajo se ausentó por semanas, y luego éstas se volvieron meses, y entonces la vida ya no volvió a ser igual. Muchos tuvieron que buscar otra fuente de ingresos, ya fuera lavando coches, en jardinería o en cualquier otra actividad que pudiera generar algún dinero. Ante la desesperación, algunos tuvieron que vender sus instrumentos o parte de ellos. La pobreza, que siempre se percibió lejana y ajena, empezó a acercar[1]se peligrosamente a sus vidas y muy pronto pasó a formar parte de ellas. Al principio se suprimieron los lujos, después los antojos, al final la comida.

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Humberto Astudillo