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La cultura de la cancelación en las redes La cultura de la cancelación en las redes
En la última década, gracias al auge de las redes sociales, ha surgido un tipo de activismo peculiar, uno en el que cualquiera que... La cultura de la cancelación en las redes

En la última década, gracias al auge de las redes sociales, ha surgido un tipo de activismo peculiar, uno en el que cualquiera que tenga acceso a Internet puede participar: el ciberactivismo. No es novedad que el mundo digital ha trasformado por completo nuestra manera de interactuar con la realidad.

Los medios se han convertido no sólo en un vínculo que permite la conexión mundial, sino que también se han tomado como herramienta para denunciar injusticias, pedir ayuda, etc. Dentro del mundo virtual podemos encontrar redes de apoyo de cualquier tipo; sin embargo, estos espacios también son propicios para la difusión de información falsa. En pocas palabras, es un arma de doble filo. Dejando aparte el lado oscuro y perverso del Internet, también podemos encontrar peligro en el exceso de opiniones y posturas que con el empuje suficiente pueden llegar a perjudicar la carrera, el trabajo y, obviamente, la vida personal de quien es foco de atención.

Hablemos más claramente de la cultura de la cancelación, definida como el fenómeno que consiste en boicotear a través de redes sociales a personajes destacados que hayan dicho, escrito o producido algo contrario a la “moral” y al pasamiento que imperan en la actualidad. Es un movimiento que se da para cancelar la autoridad de personas influyentes en la sociedad. Esto va más allá de la simple desacreditación moral, pues trastoca la vida personal y profesional de quienes lo han sufrido. Sin duda hay iniciativas que son justas, pero ¿qué pasa con aquellas que juzgan por ambigüedades o malas interpretaciones?

            El ejemplo más reciente y claro de esto lo podemos encontrar en la dura crítica que ha sido dirigida a Minognnes, el primer largometraje de la directora francesa de origen senegalés Maïmouna Doucouré. Más que crítica, esta cinta ha padecido un linchamiento cibernético por la mala publicidad impulsada por Netflix, mediante la cual anunció su estreno con un cartel en el que se pueden observar a las protagonistas (menores de edad) en poses y vestuarios muy insinuantes. La indignación por parte de la sociedad surgió de inmediato y se reprobó púbicamente a la empresa por haber empleado este tipo de publicidad para atraer espectadores. El descontento social llegó a tanto que incluso se han formado peticiones para que la cinta no llegue siquiera a estrenarse. Ahí reside el peligro de este fenómeno, pues en estos tiempos donde se predica la libertad hemos caído en la doble moral de sancionarlo todo sin investigar el fondo del asunto. Hacer cualquier pronunciamiento se ha vuelto peligroso ante una sociedad desinformada que abraza posturas como si fueran dogmas y que no sólo cancela al “infractor”, sino también a quienes le rodean.      

            Cabe resaltar que las peticiones fueron firmadas antes del estreno de la película. Muy pocos fueron los que se tomaron la molestia de buscar información sobre la directora y su producción que fue galardonada con el Premio a la Mejor Dirección en la sección World Cinema Dramatic del Festival de Sundance.

            Maïmouna Doucouré, en una entrevista,[1] al hablar sobre los motivos y la investigación que dieron origen a obra, menciona: “[la idea] Surgió cuando en una fiesta de barrio, vi a un grupo de chicas de 11 años subirse al escenario y bailar de una manera muy sensual y con ropa muy corta. Me chocó bastante y me pregunté si eran conscientes de la disponibilidad sexual que transmitían. Entre el público también había madres más tradicionales, algunas con velo: era un verdadero choque de culturas. Estaba sorprendida y pensé en mi propia infancia porque me hacía muchas preguntas sobre mi feminidad, que evolucionaba entre dos culturas: mi cultura senegalesa, que viene de mis padres, y mi cultura occidental. Pero yo quería hacer la versión 2020 de esa juventud, así que durante un año y medio hablé con grupos de chicas en la calle, en las escuelas y en asociaciones. Las grabé cuando tuve el consentimiento de los padres, recopilé sus historias y sus relatos para saber dónde se situaban ellas como niñas, como futuras mujeres, cómo se situaban en la sociedad con sus amigas, sus familias, el colegio o las redes sociales. En mis investigaciones, constaté que todas las chicas están expuestas a las redes sociales, y con los nuevos códigos cambia la forma de escenificar. Comprobé que chicas muy jóvenes tenían 400 mil seguidores en las redes sociales y yo intentaba comprender por qué.

No había ninguna razón en particular, excepto el hecho de que habían publicado fotos sexys o desnudas: eso es lo que les dio ‘fama’. Hoy, cuanto más sexy es una mujer, más se la percibe como un objeto y más valor tiene para las redes sociales. Y cuando tienes 11 años, no comprendes bien todos estos mecanismos, pero tienes tendencia a imitar, a hacer lo mismo para obtener un resultado similar. Me parece que es urgente hablar de ello, abrir un debate sobre el tema”. Efectivamente, el debate surgió, aunque en el plano equivocado. En la entrevista citada, se puede percibir de manera inmediata la postura feminista de la directora y su preocupación por la hipersexualización de las mujeres desde muy temprana edad. ¡Este largometraje es culpado de hacer lo que trata de denunciar! La cinta además intenta reflejar la visión y las reacciones de una niña que, inmersa en un mundo contrastante y multicultural, se encuentra en la búsqueda de su identidad.

Esta polémica sirvió para que podamos reflexionar una vez más sobre la responsabilidad que tenemos como individuos en un mundo lleno de información falsa y juicios de valor emitidos por personas dadas a opinar mucho e investigar poco, pues es muy fácil seguir a quienes se erigen como jueces sin siquiera tener el conocimiento debido. Las redes sociales pueden ayudar a reclamar justicia a gran escala y a que las denuncias tengan un mayor alcance, sin embargo, el daño que se hace a través de ellas también adquiere escalas inmensas. Por malas interpretaciones o tergiversaciones podemos llegar a arruinar la vida de un ser humano sin darle por lo menos el derecho de réplica.


[1] Lemercier, Fabien (18 de agosto de 2020), “Maïmouna Doucouré: Directora de Guapis”, Cineuropa.

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Aline Carrizal